Era de noche y llovía cual típica historia de terror se podría haber desatado. Decidimos irnos de esa fiesta, del glamour, las bolas de espejos, la gente aparente. Subí a tu auto rojo y brillante que nos esperaba en la puerta de la mansión. Debo admitir que me sentía una princesita a punto de ser rescatada por su principe azul. Arrancó y comenzó a manejar sin rumbo aparente. Todo parecía estar calculado.
- A donde vamos? - Le pregunte con la voz más tierna que puede salir de mi.
- No sé. Quiero que vayamos lejos, a algún lugar que nadie nos moleste - contestó con esa calma que lo caracterizaba tan bien.
Diluviaba exacerbadamente. Eran cerca de las 4 de la mañana de un fin de semana largo.
Manejó hasta la autopista y creo haber visto que su auto alcanzó una velocidad superior a los 140 km/h.
En el instante en que la perfección alcanzaba su punto de equilibrio, la atmósfera era cálida, y mis oídos estaban endulzados por sus suaves palabras.
Sin embargo, algo quiso que mi noche perfecta terminase mal. Un auto gris comenzó a perseguirnos cual película de Hollywood. En un momento se nos acercó tanto que nos tocó y nuestro auto comenzo a dar trompos cortando la autopista, siguió de largo, pero siempre pienso que si èl no hubiera bajado la velocidad, hoy no estaría acá para contarselos. Mi noche májica se desmorono.
Continuará...
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